La primera postura
Él ya estaba sentado en el borde de la cama. Sus piernas permanecían separadas, los pies firmes en el suelo. Sus manos reposaban sobre sus propios muslos, las palmas hacia abajo. La luz de la lámpara de la mesilla iluminaba los dibujos en su brazo derecho y en la pierna que asomaba bajo el dobladillo de su pantalón corto. La pintura colgada en la pared frente a la carden estaba en su sitio. En el suelo, cerca de la puerta, yacía una toalla blanca doblada. Una espátula de madera descansaba al lado de la lámpara.
Él no se movió. Su postura era de espera. Su mirada estaba fija en un punto del suelo, entre sus pies. La habitación estaba en silencio. Los segundos pasaban. Sus dedos no se agitaban. Sus hombros no se tensaban. Simplemente, esperaba, inmóvil, en el borde de la cama.
Sus manos, sobre sus muslos, eran lo único que delataba el paso del tiempo. Al principio, las yemas de los dedos presionaban levemente la tela de su pantalón. Luego, casi imperceptiblemente, la mano derecha se desplazó unos centímetros hacia el interior del muslo. La palma se aplanó contra la pierna. El movimiento fue lento, calculado. No hubo otro.
La puerta se abrió.
Ella entró en la habitación y se detuvo. Su figura llenó el marco de la puerta. Su vestido amarillo era la única mancha de color vibrante. Su pelo claro caía sobre sus hombros. Él no alzó la vista de inmediato. Permaneció sentado, con la mano derecha aún en su nueva posición. Ella no dio un paso más. Se quedó de pie, observando la escena: el hombre en la cama, la lámpara, la pintura, la toalla en el suelo. Y la espátula de madera, esperando en la mesilla.
Finalmente, él levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de ella. Su mano no se movió del muslo.
La mano que espera
La puerta se abrió. Ella entró en la habitación y se detuvo junto a la cama. Su brazo derecho colgaba a un lado. El otro brazo, el izquierdo, se mantenía doblado, con la muñeca girada hacia dentro. La mano izquierda sostenía la espátula de madera por el extremo del mango. La hoja ancha de la herramienta descansaba contra su antebrazo.
Él estaba sentado en el borde de la cama, frente a ella. Su mano derecha, con la tatuada serpiente en el dorso, reposaba sobre su propio muslo. Su mirada se dirigió hacia la espátula. Permanecieron así un momento, sin moverse.
Ella avanzó entonces. Se inclinó sobre él, colocando sus manos a ambos lados de sus caderas para apoyarse. La mano derecha presionó la colcha. La mano izquierda, aún agarrando la espátula, se posó a su izquierda. Su peso se desplazó hacia adelante, obligándole a reclinarse. Él cedió, dejando que su espalda encontrara el colchón. Ella lo siguió con el movimiento, montándolo. Sus faldas amarillas se arremolinaron sobre sus piernas.
Cuando él quedó tumbado boca arriba, ella se enderezó. Se sentó sobre su vientre, manteniendo la espalda recta. Su mano derecha se posó en el centro de su pecho, sobre la verde tela de la camiseta. Los dedos se abrieron en estrella. La otra mano, la que sostenía la espátula, se elevó. Levantó el instrumento hasta la altura de su hombro. La hoba de madera quedó suspendida en el aire, paralela al suelo. Esperó.
Él giró la cabeza hacia un lado. Su mejilla se hundió en la almohada. Su brazo con el tatuaje se deslizó por la sábana hasta quedar extendido, la palma hacia arriba. Los dedos de esa mano no se cerraron. Permanecieron semiabiertos, inmóviles.
El giro sobre la cama
Ella giró sobre la cama hasta quedar de espaldas a él. Su cuerpo se arqueó ligeramente contra el colchón. Él se mantuvo de pie junto a la cama, con la paleta de madera aún en su mano. La luz de la lámpara proyectaba la sombra de su brazo alzado sobre la pared.
El intervalo
Durante unos segundos, nada se movió. Su mano, la que sostenía la paleta, permaneció suspendida en el aire. La respiración de ella era visible sólo en el leve movimiento de su pecho. Él bajó la mirada hacia su espalda. Luego, su brazo descendió. El golpe fue seco. El contacto de la madera con su piel produjo un sonido breve. Ella no se inmutó. Su espalda permaneció en la misma postura, recibiendo el impacto.
Él repetió la acción. Otro golpe, en un lugar ligeramente distinto. La paleta se movía con un ritmo monótono. No había prisa. Ella cerró los ojos. Su cabeza descansaba sobre el brazo doblado. Sus dedos se cerraron sobre la sábana blanca.
Él dejó de golpear. Dejó la paleta a un lado, sobre la cama. Sus manos, ahora libres, se posaron en su cintura. Sus dedos presionaron la piel. Ella abrió los ojos y miró al frente, hacia la pintura en la pared. Él la giró de nuevo, haciéndola rodar sobre sí misma hasta ponerla boca abajo. Su mano presionó su nuca, manteniendo su cabeza hacia abajo. Con la otra mano, comenzó a bajar su propio pantalón.
- La lámpara en la mesilla, encendida.
- La pintura abstracta en la pared frente a la cama.
- La paleta de madera, abandonada sobre la sábana arrugada.
- El vestido amarillo, en un montón en el suelo.
- La toalla blanca, cerca de los pies de la cama.
- Su pantalón, alrededor de sus tobillos.
El vestido a sus pies
Sus manos se encontraron en la cintura. La tela amarilla del vestido cedió bajo los dedos de él. Ella levantó los brazos. El vestido pasó por encima de su cabeza y quedó, por un instante, suspendido en el aire. Luego cayó sobre la alfombra, cerca de la toalla blanca que ya estaba en el suelo.
Ella dejó sus manos en los hombros de él. Sus dedos presionaron la tela verde de la camiseta. Él agarró el dobladillo de la prenda. Un movimiento rápido de sus brazos hacia arriba la dejó a la vista, arrugada en un puño, antes de ser arrojada a un rincón de la habitación. Sus torsos quedaron desnudos. La luz de la lámpara acentuó el contorno del tatuaje en el brazo de él. El pequeño metal del piercing en su ombligo reflejó un punto de luz.
Ella avanzó un paso. Su cuerpo tocó el de él. Sus manos bajaron por su espalda, hasta detenerse en el cinturón. Los dedos de ella trabajaron la hebilla. El ruido del cuero deslizándose fue el único sonido. El pantalón cayó a sus tobillos. Él lo apartó con un pie.
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En ese mismo momento, sus bocas se unieron. Fue ella quien se inclinó hacia adelante. Su mano derecha se posó en su nuca, guiando el movimiento. La otra mano permaneció en su cintura. La duración del contacto fue breve.
| Qué hacía ella | Qué hacía él |
|---|---|
| Levantó los brazos | Retiró el vestido |
| Presionó sus hombros | Arrancó la camiseta |
| Abrió el cinturón | Apartó el pantalón |
Después del beso, ella se irguió. Su mirada bajó, recorriendo su cuerpo desnudo y luego el de él. Él permaneció de pie, inmóvil, mientras la observaba. Sus brazos colgaban a los lados del cuerpo. La mano de ella se alzó de nuevo, pero esta vez no hacia su rostro. Sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca, la que tenía el tatuaje. Tiró de él suavemente, un único impulso hacia la cama. Él siguió la dirección.
Un cambio sobre las sábanas
Él estaba boca arriba. Ella se sentó sobre sus muslos, de espaldas a él. Sus manos, con las palmas abiertas, se posaron en sus pantorrillas. Permanecieron así un minuto, tal vez dos, sin otro movimiento que la respiración.
Sus manos subieron por sus piernas hasta encontrar sus caderas. Los dedos de ella se cerraron ligeramente sobre la piel. Él giró la cabeza hacia un lado, apoyando la mejilla en la almohada. La mano de ella izquierda soltó la cadera y recorrió el costado de su torso, desde las costillas hasta el hombro, y luego regresó.
Los ajustes
Ella comenzó a moverse, desplazando su peso de forma casi imperceptible. Estos pequeños movimientos alteraron la postura inicial.
- Un ligero arqueo de su espalda.
- El deslizamiento de su pie izquierdo unos centímetros hacia afuera.
- La presión cambiante de sus rodillas contra el colchón.
- El reacomodo de sus manos en las caderas de él.
- Un movimiento de caderas para encontrar un ángulo diferente.
- El roce de su piel contra la tela de la sábana bajo ellos.
Después de esto, ella se inclinó hacia delante, apoyando las manos a ambos lados de la cabeza de él. Su pelo claro cayó sobre sus hombros. Él llevó sus manos a sus cintura. Ella se enderezó de nuevo, y sus manos se encontraron con las de él, los dedos se entrelazaron por un instante breve antes de que ella los soltara.
Ella se levantó de sus muslos y se giró. Ahora lo miraba de frente. Se colocó de nuevo sobre él, pero esta vez con las rodillas a la altura de sus costillas. Su cuerpo se curvó sobre el suyo. Una de sus manos buscó la suya y la guio hacia su pierna.
Sus manos en sus caderas
Él se puso de pie detrás de ella. Ella mantuvo sus palmas apoyadas en la cama, sus nudillos blancos contra las sábanas. Sus manos con tatuajes se cerraron alrededor de sus caderas. Sus dedos se hundieron en su piel. Ella arqueó la espalda. Su respiración agitó su pelo sobre sus hombros.
Sus manos la guiaron hacia atrás. Sus propias manos se movieron, sus dedos se arrastraron por la cama hacia la cabecera. Encontraron el borde de la almohada y se aferraron a la funda. Su cuerpo se movía contra el de ella. Las manos de él apretaban más fuerte, marcando su piel. Una de sus manos soltó una cadera y se deslizó por su costado, luego por su vientre, hacia abajo. Los dedos de ella se crisparon en la almohada.
Ella giró la cabeza hacia un lado, su mejilla se apoyó en la sábana. Su mirada se fijó en la pintura de la pared opuesta. La luz de la lámpara proyectaba sombras que se mecían al ritmo de ellos. La mano de él en su vientre subió, pasó por su pecho, y encontró su garganta. No apretó. Su palma solo descansó allí, sintiendo el pulso. Su otra mano permaneció en su cadera, anclándola.
Ella cerró los ojos. Su mano soltó la almohada. Su brazo cayó pesadamente al colchón. Su otra mano permaneció debajo de su cabeza, los dedos ahora quietos. Su cuerpo aceptó cada empuje. La mano en su garganta no se movió. La mano en su cadera no se movió.
Todo se detuvo.
Las manos de él se abrieron. Se separaron de su piel. Ella no se movió. Permaneció de rodillas, con la espalda arqueada, la cabeza girada, los brazos abandonados. Él permaneció de pie detrás de ella. Sus manos colgaban a sus lados. El único movimiento era el respirar de ambos, el suyo profundo, el de ella superficial. La luz seguía encendida. La pintura seguía colgada. La paleta de madera yacía en el suelo, cerca de la toalla blanca.
Sus manos no volvieron a tocarla.

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